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Familiar y trabajador, por este orden

Antonio Romero Campanero, abogado y emprendedor.Tiene 33 años y es Director de una firma jurídica afincada en Córdoba especializada en asuntos laborales y deportivos, es asesor jurídico del Córdoba CF desde hace mas de seis años. Entre sus aficiones destaca el deporte en general y es cinturón negro de judo. Os dejamos su artículo/colaboración.

Hará un par de meses, unos buenos amigos y socios me hablaron de una expresión cuanto menos curiosa y llamativa, un término que no comprendía en su justa medida. No obstante, tratándose estos de unos grandes profesionales y emprendedores, unido a la innata inquietud que siempre me acompaña, empecé a curiosear sobre dicha expresión. Y fue entonces cuando comprendí que podría aportar algo interesante a mi estresada situación familiar y profesional.

OIB, seductoras siglas.

Debo añadir, en primer lugar, que por mi profesión me encuentro en un periodo de intenso trabajo, si bien el mismo se prolonga durante todo el año. El problema que se me plantea, como a millones de españoles que tienen como yo la suerte de poder trabajar y hacerlo con la autonomía propia de un empresario, es la tan denominada conciliación de la vida familiar y laboral. Término de moda hace varios años, que parece que ha desaparecido de la prensa económica y empresarial.

Como comentaba, por motivos laborales llevo varios años sin poder desconectar del trabajo aunque solo sean unos pocos días, y si bien es cierto que no me pesan, pues disfruto con mi carrera como el primer día, si es cierto que en muchas ocasiones me gustaría ser trabajador por cuenta ajena, poder guardar el smartphone, y disfrutar única y exclusivamente de mis hijos y esposa.

Siempre he sido partidario de estas medidas de conciliación que tanto el gobierno de turno como los propios agentes económicos han promulgado. “Salario emocional” se le ha llegado a denominar, dándole la misma importancia que la propia remuneración económica. He creído, y creo, que estas medidas son necesarias, e incluso las he aplicado a las personas que he tenido a mi cargo, El problema con el que nos encontramos los autónomos, sobre todo en estos duros momentos, es en el error de creernos imprescindibles en nuestro trabajo y para nuestros clientes. Cuestión efectivamente errónea, pero que muchos no podemos desprendernos de ella.

El problema se agrava, cuando se sostiene que el pilar fundamental de toda estructura social se encuentra en la familia. Y desde luego, es en estos tiempos, en los que se revaloriza este vínculo consanguíneo, pues es la primera, y muchas veces única, vía donde acudir en las situaciones difíciles.

Ante este panorama, se nos presenta un auténtico dilema de prioridades, anteponemos la familia al trabajo, o trabajamos a destajo para dar cierta “calidad de vida” a la familia, pensando que vendrán tiempos mejores en los que se pueda compaginar ambas facetas, sabiendo de antemano que la adicción al trabajo no cesará sino todo lo contrario.

Estoy seguro que hay miles de pequeños y medianos empresarios que no pueden plantearse esta cuestión del “salario emocional”, seguramente ni siquiera yo debiera hacerlo, pero es en esta reflexión cuando echo la vista atrás, a mi infancia, normalmente la etapa más feliz de nuestra vida. Y es en esta época en la que destaca una figura, empresaria como yo, en un sector muy diferente del mío, pero en definitiva con las mismas incertidumbres, problemas e inquietudes de cualquier autónomo.

Se trata de una persona que con 17 años tuvo que abandonar su país y su familia, atravesar el océano atlántico y adentrarse en el sueño europeo. Hace exactamente cincuenta años cuando “arribó” en el Puerto de Barcelona cargado con una mochila con unos pocos soles y mucho de miedo e inseguridades. Por aquel entonces, mi padre no conocía la expresión de optimismo interior bruto, pero estoy seguro que su actitud lo resumiría perfectamente.

Es este un ejemplo de empresario hecho a sí mismo, que ha sabido conciliar la vida personal y profesional, y el que me ha hecho comprender que no hay más remedio que ver el presente con optimismo, disfrutando con nuestros proyectos, y al mismo tiempo buscando esos momentos felices para compartirlos con quien realmente merezca la pena: la familia y los buenos amigos. Y todo ello a través de una actitud muy organizativa y selectiva, delimitado el tiempo que debemos dedicar a cada uno de estos dos aspectos que conforman nuestra vida, y al mismo tiempo seleccionar las actividades para poder disfrutarlas más intensamente con  tus seres queridos.

Efectivamente en muchas ocasiones esta conciliación familiar y profesional parecerá una utopía, y realmente puede que lo sea, pero tenemos que esforzarnos para conseguirla, echando mano del positivismo y valorar cada situación o dilema que se nos planteé bajo la perspectiva del OIB. Esa será la única forma de ser felices, y lo que es más importante, hacer feliz a quien realmente se lo merece.

Antonio R. Romero Campanero
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