Inicio » Colaboraciones » Optimismo y avispas

Optimismo y avispas

Post/colaboración:

Mi nombre es Merche Maldonado. Nacida en Granada en 1977, ya de jovencita empecé a interesarme por el apasionante mundo de la Psicología.

Me formé como Coach Profesional en 2007. Desde entonces me dedico al Coaching Personal y de Equipos de Trabajo, trabajando con mis clientes para que clarifiquen sus metas y lleguen a conseguirlas. Aprovechando lo que la tecnología nos ofrece no solo podemos trabajar presencialmente o vía telefónica, sino que mediante videoconferencia realizamos las sesiones con la máxima eficacia.

He sido tutora de diferentes cursos de e-learning sobre Coaching y Autoestima con el Psicólogo y Coach Alberto Costa, colaborando con la fundación Tripartita.

Autora y profesora de diferentes seminarios on-line, como “Autoestima: el paso de quien eres a quien deseas ser”.

Redactora de la revista infantil “Jóvenes Genios”, publicada para los colegios concertados de la provincia de Granada.

Además soy Risoterapeuta desde 2008, siendo consciente de la importancia de la risa en nuestra vida y cómo repercute en nuestra salud tanto física como mental.

Estoy finalizando la Licenciatura de Psicología y empezando mi andadura en el apasionante mundo del Mindfulness o Conciencia Plena.

Ayudar a los demás y escribir son mis grandes pasiones tanto profesional como personalmente.

Así que espero servirte siempre que lo necesites.

Puedes visitar mi web www.merchemaldonado.es y seguirme en twitter @MercheMaldon

Sonríe, incluso cuando creas que no puedes sonreír. Sonríe con todo tu ser. Tarde o temprano la vida te devolverá la sonrisa, y si no es así…al menos la habrás pasado sonriendo.

merche maldonado foto

Hay una conocida historia que cuenta algo así como que un hombre que paseaba por la playa vio a otro que echaba peces sin parar al mar. La marea había subido mucho la noche anterior y había dejado cientos de peces en la arena. El hombre que paseaba le dijo al que los devolvía al mar que para qué se esforzaba, que no podría devolverlos todos al agua, que no valía la pena. Mientras sujetaba uno de los peces que lanzó de nuevo sobre las olas le respondió que para aquel sí habría valido la pena.

No es una nueva historia, es muy conocida, y seguro que tiene tantas versiones como personas la hayan contado.

En mi caso no devolví peces al agua, más bien al revés, de hecho, ni siquiera eran peces.

Simplemente cuando entro en la piscina tengo costumbre de rescatar todos los insectos que se han quedado allí chapoteando porque al ir a beber agua se han adentrado demasiado. Al principio tenía predilección por las mariquitas. Es un animal que siempre me ha parecido bonito y curioso, pero pronto abrí mis artes de socorrista a cualquier bichito que hiciera amagos de nado.

El verano pasado había una avispa flotando, no se movía, casi me atrevería a decir que estaba boca arriba en el más puro estilo “he muerto ahogada”. De todos modos, antes de echarla a un lado o empujarla hasta el filtro de la piscina, la empujé con la mano llena de agua y la eché al césped justo al lado del borde. Mi acompañante me preguntó que para qué hacía eso si ya estaba muerta. Yo no le dije ninguna frase digna de ser plasmada en libros, como la que dijo el hombre que recogía los peces, simplemente seguí me encogí de hombros.

Curiosamente, después de un rato, la avispa no estaba. Nadie más había pasado por allí, estábamos solos los dos dentro del agua. Tampoco hacía viento. Mi acompañante, siempre pragmático, formuló su primera hipótesis “se la habrán llevado las hormigas”.

Bueno, tal vez, pero pensé de forma optimista que quizás cabía la posibilidad de que no estuviese muerta cuando yo la había sacado del agua, simplemente parecía estarlo.

Fue muy fácil encontrar más víctimas acuáticas similares, otras avispas flotantes esperando un funeral que nunca llegaría. Saqué dos o tres del agua y las dejé juntas al sol. Esta vez mirábamos de vez en cuando.

Pasaba el rato y seguían en “estado cadáver”. Pero de repente una de ellas empezó a moverse. Ambos nos acercamos al filo de la piscina a observar qué ocurría. Sí, se estaban despertando, o reviviendo, o lo que sea que hagan las avispas.

Quizás ahora que lees esto estés buscando en internet cómo proceden las avispas cuando caen al agua que parecen muertas pero no lo están, y seguro que hay una explicación evolutiva y adaptativa al más puro estilo Darwin. Pero eso no es lo importante de esta historia.

Lo importante es que aquellas avispas, y todas las que saco del agua casino desde entonces, por muy quietas que estén, por mucho rato que lleven inmóviles y flotando…se despiertan atolondradas y al cabo del rato ¡echan a volar!

Cuando entro en el agua voy al rescate de mariquitas, mosquitos, avispas, mariposas…. No me quedo esperando a ver qué pasa, simplemente las saco del agua por muy quietas que estén antes de que se las trague la depuradora. A veces encuentro algo diferente que me entristece, como hace una semana. Un gorrión flotaba en la piscina. Saqué mis recursos de reanimación, aprendidos aplicadamente hace años en la autoescuela. Apreté su corazón, sus pulmones…pero no levantó el vuelo. Todos los seres vivos se merecen la misma mención, pero reconozco que si en vez de un pájaro hubiese sido una mosca ahora mismo no me estaría acordando de ella. Igualmente lo dejé tumbado a la sombra por si acaso. Quién sabe, quizás podría volver a levantarse. Aunque no fue así.

Curiosamente a los pocos días una golondrina pequeñita chocó literalmente con la frente de mi padre que también estaba a remojo. La saqué del agua, estaba viva, pero tenía las alas mojadas y no podía volar. Además era demasiado pequeña, seguramente había salido del nido que siempre hacen en el balcón que da al jardín, creyendo que estaba lista para volar, bajó a por agua…y allí se quedó. La cogí con cuidado y la subí a dicho balcón. La dejé a la sombra, en el suelo, y confié en que sus progenitores, si es que eran ellos, ya se encargarían de recogerla y volverla al nido.

Horas después fui a comprobarlo y efectivamente, ya no estaba, pero sí había otras golondrinas adultas llevando comida al nido, donde ya estaría la pequeña valiente que se había lanzado a la aventura.

A veces el optimismo no hay que buscarlo, sacarlo, practicarlo, a veces viene sin más. Sale de forma natural, porque al ser optimistas pensamos que las mejores consecuencias pueden tener lugar, y ese optimismo nos motiva, nos empuja a hacer lo que de lo contrario no haríamos.

Si una avispa que flota inmóvil puede levantar el vuelo ¿no estamos recibiendo una lección de optimismo? Cuántas veces habremos dejado avispas como imposibles cuando podrían haber vuelto a volar.

Por supuesto, es una metáfora. Porque con los demás, seres queridos, conocidos, clientes, pacientes, y cómo no, con nosotros mismos, tal vez más de una vez, o de un millón, hemos pensado que lo único útil era dejar que la depuradora hiciera su trabajo.

Sin embargo, si confiamos en que algo mejor puede ocurrir, en que hay una oportunidad, una posibilidad, seremos capaces de no desistir, de no dar por imposible ni al más inmóvil, ni al más aparentemente inerte.

Claro que a veces no habrá nada que hacer, pero aún así lo hemos intentado hasta el final. Otras veces seremos intermediarios y facilitaremos que otros sigan enseñando a volar a quien se cayó al agua. Y en ocasiones, quizás más de las que creemos, somos positivos, creemos en que la posibilidad está ahí, y seguimos adelante con esa persona que parece no tener ya nada que ofrecer, que recibir, que hacer, que sonreír. Pero un día el sol seca sus alas y ¡vuelve a volar!

¿Qué habría sido de esa persona si la hubiésemos dejado a la deriva? ¿Qué sería de nosotros si nos dejásemos naufragar?

Ser optimista, creer en la posibilidad, por muy remota que parezca, incluso simplemente creer sin saber en qué, solo que algo es posible, un cambio, hará que nos movamos, que actuemos, que saquemos del agua hasta el más inmóvil, incluso cuando la inmovilidad esté dentro de nosotros, cuando no tengamos fuerzas para mover, no ya un ala, sino un pequeño pelo de nuestra ceja, pedir a alguien que nos ayude. Y al pedir ayuda estamos asumiendo que la posibilidad existe, no nos hemos rendido, somos optimistas al seguir adelante, aunque hayamos tenido que pedir un remolque temporal, aunque todo vislumbre oscuridad.

Seamos siempre inteligentes, pensemos en nosotros y no solo en quien no reacciona. Yo nunca me he arriesgado a coger a una de esas avispas con la mano arriesgando a que su aguijón me perfore un dedo. Pero si miramos bien, existe la forma, la posibilidad de sacar del agua sin perjuicio propio.

Si una avispa es capaz de enseñar esta lección, ¿cuánto podemos seguir haciendo por el resto de seres vivos?

Pensar en positivo no es ser ingenuo, es actuar hacia adelante, no caer en la trampa del más puro pesimista, el que se define como “realista”. Y al actuar, al movernos, al creer en que algo es posible incluso cuando todo indique lo contrario, al ser optimistas, hacemos que ocurra algo: el cambio.

Cuando creas que ya no hay nada que hacer, siempre puedes pensar en las avispas aparentemente muertas que flotan en las piscinas. Si sonríes, si sacas tu optimismo, tal vez algo suceda.

¿Pruebas?

Merche Maldonado

Acerca de Optimistas

Los comentarios están cerrados.